Revista Litorales. Año 5, n°7, diciembre de 2005. ISSN 1666-5945
Una reseña de Enseñanza, examen y control. Profesores y alumnos en la clase de Historia de F. Javier Merchan
Enseñanza, examen y control. Profesores y alumnos en la clase de Historia. Ed. Octaedro, Barcelona, 2005.
Pilar Cancer Pomar: Fedicaria-Aragón
La segunda entrega de la colección “Educación, Historia y Crítica” de la editorial Octaedro realiza una aproximación al campo de las prácticas escolares a partir de la investigación desarrollada por el autor en su tesis doctoral sobre la producción del conocimiento escolar en la clase de Historia, con nuevas perspectivas derivadas de su participación en el trabajo colectivo del proyecto Nebraska[1]. Esta obra proyecta una mirada crítica sobre la escuela a partir de lo que acontece en la vida cotidiana de las aulas; por eso el análisis va mucho más allá de la disección de los aspectos visibles de este acontecer y se adentra en la búsqueda de sus razones, explicando las implicaciones socioculturales de unas prácticas “naturalizadas” y muy arraigadas en la escuela.
El libro consta de cinco capítulos y un epílogo: 1) Los profesores en el aula: entre el deseo y la realidad; 2) Los alumnos en la clase de Historia; 3) La clase por dentro; 4) Enseñanza, calificación y examen; 5) Enseñanza y control. En el primero el autor toma como base los discursos del profesorado sobre la Historia y su enseñanza, invariablemente centrados en el valor formativo de la materia, y los contrasta con los contenidos y actividades desarrollados en clase; contraste que pone de manifiesto como las prácticas escolares están gobernadas por una lógica que contradice el discurso idealizado de los profesores y del currículo proyectado. En ambos se confunde deseo con realidad y se olvida, o conscientemente se elude, lo que ocurre en el interior de las aulas y su significado. Un segundo ingrediente que contribuye a esta idealización de la escuela lo aporta la psicopedagogía en la medida que al considerar a los alumnos sólo como individuos-aprendices, olvida las condiciones históricas y sociales que han ido construyendo la identidad de niños y adolescentes y el papel que juega la escuela en esta tarea. En este sentido el capítulo dos aporta referencias muy valiosas que nos ayudan a situar la figura y el papel del alumnado en el sistema escolar dentro del modo de educación tecnocrático de masas[2], de forma que asuntos tan candentes en la actualidad como el fracaso escolar o la indisciplina se explican desde parámetros sociales y culturales. Sólo desde estas premisas y conociendo a los protagonistas (profesores y alumnos) podemos preguntarnos sobre lo que ocurre en el interior de las clases.
El análisis de la clase por dentro constituye el objeto del tercer capítulo donde los datos extraídos por el autor de sus propias investigaciones sobre lo que ocurre en las clases de Historia cobran sentido a la luz de un marco interpretativo que supera con creces la descripción de los elementos más visibles e inmediatos que articulan el desarrollo de las clases; los contenidos que realmente se transmiten y las actividades realizadas no responden a las supuestas finalidades de la enseñanza de la Historia sino a una lógica que supera el marco propiamente pedagógico y refleja la existencia de fuerzas invisibles que modelan la forma como se articulan las prácticas pedagógicas. Tales condicionantes son la necesidad de calificar a los alumnos mediante un instrumento como el examen y también la necesidad de controlar la conducta de los alumnos dentro del aula. Así llegamos al meollo de la tesis que plantea este libro para entender lo que realmente sucede en el interior de las aulas. En este capítulo Merchán aporta abundantes datos de primera mano sobre la enseñanza de la Historia en Secundaria que resultan de gran interés habida cuenta de la escasez de este tipo de estudios: qué contenidos se trabajan en el aula, qué tipo de recursos y actividades, cuál es la secuencia dominante en ellas, y cómo actúan sobre estos datos variables como el nivel (ESO, distinguiendo en ocasiones entre los dos ciclos, y Bachillerato) y, sobre todo, la clase social del alumnado. El análisis de los datos adquiere sentido desde una mirada genealógica que los pone en relación con la sucesión de los modos de educación, concretamente con la expansión de la escolarización obligatoria característica del modo de educación tecnocrático de masas que cambió profundamente el número y origen social de los alumnos de enseñanza secundaria. Desde esta perspectiva se analizan las continuidades en las prácticas pedagógicas tomando como ejemplo la clase de Historia, pero también se pone el acento en los cambios que se observan en los modelos de actividades, y se infiere que estos cambios tienen relación con las transformaciones ocurridas en el papel del sistema educativo.
Es en los capítulos 4 y 5 donde Merchán desarrolla su propio esquema interpretativo sobre los elementos que intervienen en el campo de las prácticas escolares y sus mutuas relaciones. La lógica de lo que ocurre en el interior de las aulas se sustenta en tres pilares: enseñanza, entendida como transmisión del conocimiento; examen; y control o gobierno de la clase. El primero es el que legitima la función del sistema educativo, pero en el acontecer de la vida de las aulas queda muy condicionado en función del papel que juegan los otros dos elementos, mucho menos explícitos en los discursos oficiales y, en este sentido, menos visibles. Porque, ¿es posible mantener el equilibrio entre los tres elementos, de forma que podamos representarlos con la figura de un triángulo equilátero?; a partir de este interrogante el autor comienza a formular hipótesis explicativas sobre el peso de las prácticas examinatorias o de las estrategias para controlar la conducta de los alumnos. En la realidad estos dos elementos ejercen tal peso que acaban distorsionando el equilibrio simbolizado por el triángulo equilátero.
La cuestión del examen es ampliamente tratada, no en vano la calificación y clasificación de los alumnos constituye uno de los asuntos centrales en cualquier sistema educativo como respuesta a su función implícita de selección social. De ahí que el peso del examen y todas las actividades relacionadas con el mismo sea diferente no solo en relación con la edad sino, sobre todo, con la condición social del alumnado. La obra se adentra en la genealogía de las prácticas examinatorias que demuestra claramente cómo el examen se va a convertir en el instrumento más adecuado para dar el necesario respaldo y “naturalizar” este proceso de selección del alumnado. Además el examen remodela la propia naturaleza del conocimiento escolar, reforzando el carácter mercantil de dicho conocimiento, dejando de lado la posibilidad de aprender por el mero placer de acceder al saber. También el examen acaba regulando la mayor parte de los procesos escolares, influyendo en el ritmo temporal del estudio, en la forma de estudiar (para preparar el examen), modelando incluso el tipo de actividades que con más frecuencia se desarrollan en las clases. Se podría decir que tanto el aprendizaje de los alumnos como la enseñanza practicada por los profesores está dominada por el hecho examinatorio.
De la misma forma que el examen condiciona las prácticas escolares, el control de la clase es otro elemento que preside cada vez más el acontecer cotidiano de las aulas y acaba distorsionando también el triángulo formado por los tres elementos, imponiendo su hegemonía. Porque en el contexto escolar no prima tanto la transmisión del conocimiento sino otros factores intrínsecos a la función de la escuela. Lo que Merchán remarca con el examen en cuanto a la función de selección del alumnado, lo señala ahora al incidir en la importancia del control de la conducta de los alumnos para hacer efectiva la función de custodia de la institución escolar. Las referencias a la historia de las prácticas escolares ilustran sobre las continuidades y rutinas, muy arraigadas, con el fin de facilitar el gobierno de la clase; ciertos recursos, actividades y tareas han sido aliados muy eficaces para este cometido.
El análisis pone el acento en los problemas de indisciplina en las aulas entendidos como prácticas de resistencia más que como desviaciones del individuo respecto a las normas de convivencia. Así entendidos, los problemas de convivencia tienen alcance y significados diferentes según el contexto sociocultural del alumnado, ya que la distancia entre la cultura escolar y la cultura vivida por los alumnos es menor en los procedentes de las clases medias; aunque lo cierto es que también en estos alumnos de clase media se produce un desinterés creciente ante la falta de expectativas sociales y económicas ligada a la devaluación de los títulos académicos a medida que éstos se han ido ampliando a nuevos estratos de población. Por otra parte los valores sociales dominantes, la cultura de lo inmediato, los nuevos canales de información (que no de conocimiento) crean una distancia creciente, un abismo en muchos casos, con el conocimiento académico que se desea transmitir, cada vez más alejado del mundo vivido por los alumnos. El problema del control y gobierno de la clase no es nuevo, pero ahora adquiere nuevas dimensiones relacionadas con los acelerados cambios sociales y culturales en los que estamos inmersos; lo cierto es que las energías dedicadas por el profesorado al control y gobierno de la clase son cada vez mayores, sobre todo en la enseñanza secundaria obligatoria y que la función de custodia de los alumnos desempeñada por el sistema escolar se está volviendo claramente explícita.
Un libro como éste, centrado en el tema de las prácticas escolares, constituye una aportación de enorme interés en primer lugar porque no abundan los estudios sobre el tema y los que existen suelen estar guiados por enfoques que se quedan en la epidermis de los fenómenos observados. Por eso es de agradecer doblemente que se elija un asunto como el de lo que ocurre en el interior de las aulas, muy pegado al quehacer y las preocupaciones sentidas por el profesorado y, además, que se aborde desde una perspectiva crítica. Una primera cuestión que llama la atención es la superación de los límites del propio título; aunque los datos recogidos en la investigación de Merchán se refieren a las clases de Historia en Secundaria, los problemas que se abordan son generalizables y el análisis nos permite entender y situar los acontecimientos que suceden en el interior de las aulas a la luz de una interpretación crítica de la propia institución escolar; en este sentido se realiza una muy buena imbricación de lo micro y lo macro, relacionando las prácticas educativas con factores de carácter social y cultural, en la medida que dichas prácticas tienen ese carácter.
Se trata de un trabajo que toma como eje de su desarrollo lo que sucede en el interior de las aulas, pero que no se queda en lo meramente descriptivo. En este sentido me ha parecido de gran utilidad por su potencial explicativo y por su claridad “gráfica”, el recurso a la figura del triángulo para hacernos entender el sentido profundo de las prácticas escolares. Este sentido se alumbra a partir de una figura geométrica tan simple como el triángulo y tan clara para visualizar cómo las prácticas escolares se configuran en la intersección de los tres vértices formados por los tres elementos que intervienen en la vida de las aulas: enseñanza, examen y control. La distorsión de la figura, cada vez más alejada del triángulo equilátero ideal, nos muestra el examen o el control como los dos vértices que, al atraer sobre sí el peso de la figura, “deforman” la finalidad explícita de la escuela que no es otra que la enseñanza o trasmisión del conocimiento.
La perspectiva histórico genealógica adoptada es fundamental para comprender las prácticas escolares, sus continuidades y, sobre todo las inflexiones que han sufrido como resultado de acomodación a los cambios en los modos de escolarización. En general la forma de afrontar los problemas de gobierno de la clase y de calificación, clasificación y selección del alumnado, han dado lugar a una serie de hábitos muy estables, reflejados en la obra con el fiel retrato que se hace de las rutinas dominantes en la clase de Historia. Pero también ha habido cambios que se relacionan con la necesidad de ajustar las prácticas a las nuevas condiciones del modo de escolarización tecnocrático de masas; de esta forma se explica porqué los intentos reformistas e innovadores, procedentes tanto del marco legal como de la propia voluntad de cambio del profesorado, han podido modificar muy poco lo que acontece en el interior de las aulas.
Frente a la concepción instrumental de las prácticas escolares entendidas sólo como prácticas pedagógicas, se toma en consideración de primer orden su carácter social y cultural, situando las prácticas escolares en el campo de las prácticas sociales. Desde esta mirada más amplia es desde la que se encaran los problemas relativos a la enseñanza y el aprendizaje, cuestionando la posibilidad de fórmulas exclusivamente pedagógicas para mejorar las prácticas escolares. Es también desde esta mirada crítica como se entienden las prácticas escolares en tanto que son un elemento clave para mantener intactas las funciones implícitas de la escuela y su papel en el mantenimiento del orden social. En definitiva, las prácticas escolares se entienden aquí como un campo de confrontación de intereses y conflictos en relación con el papel que la escuela está jugando en la sociedad actual.
Como conclusiones de la obra resaltaría tres que pueden abrir espacios para la reflexión y el debate: en primer lugar, si los problemas de enseñanza-aprendizaje no son sólo de naturaleza pedagógica, para entender lo que ocurre en el interior de las clases tenemos que situarnos simultáneamente dentro y fuera del aula; desde la proximidad pero también desde el distanciamiento crítico que nos permita acceder a otras claves explicativas más allá de los patrones puramente pedagógicos. En segundo lugar, la necesidad de tener bien presente que el cambio en las prácticas escolares no depende de nuevos planes de reforma del currículo, ni siquiera de la utilización en el aula de materiales alternativos; tampoco se transforman desde la formación del profesorado, ni es suficiente la voluntad de cambio de los propios profesores. Esto no debería constituir una llamada al conformismo, pero sí que nos proporciona la suficiente lucidez para ser conscientes de los límites y posibilidades reales de un cambio centrado sólo en las coordenadas de la escuela que tenemos. Por último, y en relación con lo anterior, sabemos que en el momento actual se hace difícil, si no imposible, la transformación de la escuela; desde la didáctica crítica podemos empezar cuestionando la escuela que tenemos a partir de un análisis radical que desvele la lógica profunda de su funcionamiento. En este sentido este libro ayuda a conocer mejor el campo de las prácticas escolares y nos aporta unas claves explicativas potentes para entender las razones profundas de lo que ocurre en el interior de las aulas.
[1] El proyecto Nebraska surge, en el marco de Fedicaria, como grupo de investigación del que forman parte, además de F. Javier Merchán, Raimundo Cuesta, Juan Mainer, Julio Mateos y Teresa Vicente. Cada uno de ellos desarrollan proyectos de trabajo propios y autónomos pero a la vez mantienen unos vínculos derivados de su interés común por enfocar los problemas de la escuela desde la didáctica crítica.
[2] Según la periorización utilizada en el Proyecto Nebraska se suceden en el proceso de educación de la España contemporánea el “modo de educación tradicional-elitista” y el “modo de educación tecnocrático de masas”, categorías de análisis que acuñó Raimundo Cuesta en su tesis doctoral sobre la enseñanza de la Historia de España. Una explicación minuciosa de este ensayo de periodización la encontramos en el capítulo 3 del libro Felices y escolarizados. Crítica de la escuela en la era del capitalismo, con el que Raimundo Cuesta inaugura la colección Educación, Historia y Ctítica de Octaedro.